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La elección de un nuevo presidente en Brasil ha despertado un interés inusitado más allá de sus fronteras. América Latina y Estados Unidos están muy pendientes de una decisión que puede cambiar el rumbo geopolítico del país. Los brasileños elegirán entre la continuidad en el bloque del Mercosur o un mayor entendimiento con Washington. No es una decisión menor, aunque lo más previsible es que esta disyuntiva sea la que menos cuente a la hora de influir su voto. A nivel interno, el descontento se concentra en las grandes ciudades. Allí, una nueva clase media surgida a partir de las políticas sociales del expresidente Lula podría optar, irónicamente, por desalojar a su partido del poder.

La sombra de Lula

El recuerdo del ex-Presidente todavía pesa mucho. El premio, de hecho, se lo disputan dos mujeres salidas de su regazo. La actual presidenta, Dilma Roussef, sería la alumna aventajada, mientras que la opositora, Marina Silva es la hija rebelde desde que dimitió como ministra de Medio Ambiente y abandonó las filas del Partido de los Trabajadores (PT) en 2008.

Una de las dos será la Presidenta y deberá sacar al país de una situación difícil.

Futuro incierto

Los indicadores reflejan el fin de una época de fabuloso crecimiento. Las discrepancias se centran en establecer si es un fin de ciclo definitivo o un frenazo pasajero. El país se encuentra en recesión técnica tras registrar dos trimestres de crecimiento negativo. Aún y así, la previsión del PIB para 2014 sigue siendo positiva, aunque sea un tímido 0.3%. Aquel 7.5% con que cerró 2010 aparece muy lejano ya.

A los economistas, no obstante, les preocupa más la tasa de inflación. Las proyecciones auguran que puede cerrar el año en el 6.3% a solo dos décimas del límite que tolera el Banco Central y lejos del objetivo (4.5%) que se marcó el Gobierno. La celebración del mundial de fútbol, en este sentido fue perjudicial porque disparó los precios, aparte de minar la moral colectiva. Ante esta situación, el Banco Central elevó las tasas de interés encareciendo el crédito.

Los más perjudicados, las nuevas clases medias, la llamada clase C, aquellos 30 millones que Lula sacó de la pobreza y, que ahora, olvidada el hambre, reclaman mejores servicios con los impuestos que pagan.

Debate abierto

La economía es la gran arma contra la Presidenta. Ella defiende que la situación no es tan mala. Tiene indicativos que la apoyan, como la tasa de desempleo que, en agosto, registró su punto más bajo de los últimos trece años ese mes, un 5%. La tasa, no obstante, ha crecido unas décimas desde junio, cuando se situó en el 4.9%.

La situación sería preocupante para cualquier gobernante, pero a Dilma parece que las elecciones le llegan en el momento adecuado.

“La economía está mal, pero no es algo que se viva en el día a día”, asegura a Diario LA PRENSA el analista Thiago de Aragao. El consultor asegura que los efectos de esta situación la está notando principalmente la clase empresarial, el gran apoyo de la candidata opositora, Marina Silva, pero que aún no ha llegado al pueblo. Eso podría beneficiar las aspiraciones de Roussef.

Descontento desenfocado

El país ha vivido tres estallidos de descontento popular en el último año y medio. Los disturbios dieron la vuelta al mundo, pero la Presidenta sigue siendo la favorita.

De Aragao descarta que el movimiento tenga influencia: “Las protestas fueron intensas, pero también ambiguas, desordenadas, no iban específicamente contra Dilma, sino contra el sistema”. Un sistema que, irónicamente, no conoce la mayoría de los ciudadanos.

“Hasta el nivel medio-alto no se tiene una idea clara de las relaciones entre el Parlamento, el judicial, etc.”, añade. Una afirmación que sorprende en un país adonde el voto es obligatorio.

El analista Juan Manuel Karg coincide en que ese momento “ya pasó” y considera que el Partido de los Trabajadores ha sabido manejar las peticiones de los movimientos sociales.

Estos se han centrado en la tan anhelada Reforma Política, un cambio en las leyes que deciden la representatividad de las fuerzas políticas en un sistema, efectivamente complejo, con hasta 25 partidos en el Parlamento, con los que hay que pactar y, por tanto, tener contentos. Este sistema es considerado como uno de los males del país y la causa principal de la corrupción.

De momento, han conseguido 7.8 millones de firmas y las dos candidatas principales les han dado su apoyo. De Aragao no cree, no obstante, que el éxito de la iniciativa dependa de esta buena voluntad: ”El Parlamento es más influyente que el Presidente. Esta lógica ya va en contra de la reforma porque para aprobarla se necesita el acuerdo de los partidos que iban a sufrir con ella”.

El caso Petrobras

Otro factor a tener en cuenta de aquí a la presumible segunda vuelta, el 26 de octubre, es el alcance del llamado caso Petrobras. La principal compañía del país, semipública, está siendo investigada por el que parece ser un gigantesco caso de corrupción.

Hasta 50 diputados de la mayoría gubernamental ya han sido implicados y el reciente pacto a que ha llegado la Fiscalía con el imputado principal hacen prever revelaciones muy jugosas. Ayer una revista filtró que la campaña de Roussef se podría haber financiado con fondos desviados de la petrolera, acusaciones negadas de inmediato por la candidata. Pero de Aragao duda, también, que este caso afecte a la elección: “La corrupción en Brasil existen desde la época que el mundo no tenía interés en las elecciones de Brasil. Ahora el mundo descubre los casos de corrupción y piensa que esto es capaz de cambiar la dirección, no lo es. La sensación es que todos los partidos son corruptos e ineficientes”.

El escándalo Petrobras -en efecto- salpica también al excandidato opositor Eduardo Campos, fallecido en un accidente de avioneta al principio de la campaña. Su sustituta, Marina Silva, no ha utilizado esa carta de manera insistente.

Brasil en el mundo

A nivel interno se da por hecho que la elección no comportará cambios radicales. A pesar de los nubarrones económicos, las dos candidatas se han comprometido a mantener los programas sociales iniciados en la era Lula, si bien Silva ha ido aumentando el compromiso en función de su caída en las encuestas.

Es en la política exterior donde se pueden esperar más cambios en función del vencedor. “Marina pretende cambiar la orientación internacional de Brasil” advierte Juan Manuel Karg. Una orientación que también data de los tiempos de Lula. El exmandatario se alejó de la órbita de Washington e integró al país en el bloque de las potencias emergentes, las llamadas Brics. En el aumento de las exportaciones a China está buena parte de las claves del boom económico del país, pero Silva, respaldada por el empresariado, quiere volver a la senda anterior.

Para Karg, “el punto fundamental es el Mercosur”. Una eventual salida del país de esta alianza supondría una estocada mortal al proyecto. “Brasil no puede salir del Mercosur, es su principal socio, la cara visible”, añade.

Un país segmentado

El último sondeo publicado ayer refleja un repunte en la intención de voto a la presidenta, Dilma Roussef, que captaría el 40% de los sufragios. Su contrincante, Marina Silva, se estaría deshinchando, cayendo hasta el 27%. En tercer lugar, el conservador Aécio Neves, con un 18%, puede ser decisivo en la segunda vuelta.

Por regiones se observa que Roussef arrasa en las regiones del noreste.

Allí se registraron los mayores logros sociales en la época de Lula y allí es donde se concentra el grueso de los que todavía necesitan de las ayudas. Las voces más críticas añadirían que allí es donde se concentran los que se han acostumbrado a vivir de esas ayudas. Sea como sea, Silva también está perdiendo apoyo en su feudo, las grandes ciudades. El PT reaccionó y puso toda la maquinaria en marcha. En ese contexto, los once minutos diarios de televisión que dispone Dilma han sido decisivos en la remontada final ante una Marina con menos de tres. El PT ha sabido atizar las dudas sobre si la oposición mantendría las ayudas sociales. Silva se ha visto obligada a virar el discurso ideológico, pero no ha frenado su caída, tan fulgurante como lo fue su ascenso.

El pulso se dirime entre los que piden más y los que tienen claro que están mucho mejor que hace una década.

Publicat orignàriament a La Prensa.

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